"Ya lo sabía..."

Todos los días escuchamos la misma expresión: “¿apenas te enteraste?”; “Hace horas que ya se conocía…”; “Qué bárbaro, ¿cómo es que no sabías…?”; “¡Uuuy, eso yo ya lo sabía!”.

Son respuestas que cotidianamente se dan a quien proporciona una noticia que ya conocíamos, de la que nos enteramos antes que nuestro informante o que, incluso,  se pronuncia para descalificar, aun cuando no estuviéramos enterados del hecho. Para la mayoría lo importante es ganar, imponerse sobre el otro, sobre los demás.

Aquí radicó otra cualidad de Carlos Abascal.

Sin duda, como secretario de Trabajo y, sobre todo, como secretario de Gobernación del gabinete del Presidente Vicente Fox, Abascal era una de las personas mejor y más informadas -en tiempo real-, de lo que sucedía en el país. Tenía a su cargo no sólo el CISEN sino todo un equipo de funcionarios bien ubicados en posiciones clave para la política y la sociedad. Esa era una de sus funciones. Por es le pagaban como número dos en la nomenclatura política del país.

Sin embargo, prácticamente nunca sus colaboradores escuchamos una expresión parecida a las descritas. De hecho era difícil enterarse si Abascal ya contaba con la información que algunos le proporcionábamos.

Siempre era agradecido con la llamada. Con el reporte, con la tarjeta enviada…

Siempre hacía sentir bien al interlocutor. Bastaba una expresión. Un “muchas gracias”, “qué fino…”, “muy bien…”.

La verdad es que había aprendido a dominarse. Hacía gala de templanza, porque incluso el reporte podía ser largo, con muchos detalles… pero, a menos que realmente no tuviera tiempo, jamás interrumpía para aclarar que ya sabía, o incluso para reclamar porqué no se le informó antes.

En muchas ocasiones tuve oportunidad de escuchar a alguno de sus colaboradores presumir que ellos habían informado al secretario. Cosas como: “Yo le avisé…” “Fui el primero en decirle…”, “Se enteró por mí…”. “Yo ya le había dicho…” y, por coincidencia, en lo personal podía confirmar cualquiera de las dos alternativas: que yo había sido el primero en avisarle o que mi reporte había sido el segundo o el tercero, pero que jamás me lo había dicho, o me había hecho sentir mal.

Y vaya que hablamos de informes a cualquier hora del día, de la noche o incluso de la madrugada. Siempre era generoso con el informante.

De nueva cuenta, la práctica de la virtud tenía premio. Al escuchar pacientemente la versión podía completar la suya, lograr un panorama más exacto y, al mismo tiempo, evaluar a sus colaboradores. Enterado del acontecimiento sabía quién era preciso, cuál  distorsionaba, quien exageraba y, finalmente, cuál de todos había sido, efectivamente, el más oportuno.

 

Anécdota del Lic. Hermino Rebollo

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